Cuestión de números

Dicen que todo cambió por un error. Que una torpeza dio al traste con más de cien años de particularísima tradición y que ya nada, o casi nada, ha sido igual desde que la limpieza geométrica del verde y blanco en horizontal fue alterada. Quizá muchos no saben que, así como el Arsenal de Herbert Chapman fue el primer equipo en portar dorsales en sus camisetas de juego, el Celtic Football Club fue el último equipo profesional en hacerlo. Y no estamos hablando de un acontecimiento que se pierda décadas atrás en la noche de los tiempos. Fue en 1994. El año en el que la SFA dijo que ya estaba bien, que hasta aquí habíamos llegado, y que ya bastaba de ser el especial. Si bien en competiciones UEFA el Celtic ya había sido obligado a portar dorsales en sus camisetas desde la década de los 70 (no obstante, su única Copa de Europa la alzaron en el año 67 unos Lisbon Lions que aún no portaban matrícula en sus uniformes), no fue hasta esa temporada 1994/95 cuando los católicos de Glasgow se vieron obligados a incluir los números en sus camisetas también en la competición doméstica.
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Parece ser que todo vino provocado por el error de un árbitro, que amonestó al jugador que no debía argumentando que sin el dorsal en su camiseta le había resultado imposible identificarlo en medio de una trifulca. Aquel referee fue incapaz de fijar su vista sobre el muslo izquierdo del futbolista, allí donde el dorsal lucía en bien identificable tamaño. Un simple gesto que habría permitido continuar manteniendo una tradición secular y de la que los Bhoys se mostraban particularmente orgullosos. Porque, si bien las camisetas permanecían impolutas, los dorsales aparecieron en los pantalones del Celtic hasta que, en un paso más hacia esa uniformidad de los tiempos modernos, se terminaron cayendo definitivamente en aquel mes de agosto de 1994 para acabar incorporándose a las espaldas de las camisetas. Todo intento de no mancillar las sagradas franjas verdiblancas fue en vano.

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Un 7 de leyenda

Si el defensa me daba un codazo, necesariamente debía de responderle con dos‘. Así era el carácter y la personalidad de Dani Ruiz Bazán, santo y seña del Athletic Club dominador de mediados de los años ochenta, emblema para toda una generación de aficionados rojiblancos. Un rectilíneo siete recortado en fieltro y cosido a mano en la espalda de una vieja y descolorida camiseta rojiblanca de algodón. Es mi primer recuerdo futbolístico cien por cien nítido y palpable. Poco después, se agolpan en mi memoria las imágenes de la gabarra, del doblete, de un alborozo colectivo que yo no alcanzaba a comprender muy bien. Eran años felices para el Athletic. Años de éxitos deportivos, de necesidad de reivindicar una muy concreta identidad social habitualmente lacerada durante aquella época. Bilbao entero era del Athletic. Muchos éramos de Dani, el capitán, el futbolista que los niños queríamos ser.
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Al punta de Sopuerta lo apodaban ‘el guerrillero’, por su carácter luchador y su facilidad para aprovecharse de las múltiples emboscadas que su gran inteligencia sobre el verde le ayudaba a disponer en las áreas rivales. No era tarea cómoda enfrentarse a él. Mi torpe e interesado recuerdo infantil lo dibuja como un futbolista de mucha presencia y continua batalla. Un jugador de raza y de marcado carácter y con una especialísima relación con el gol gracias a su oportunismo y a un excelso, pese a su escasa altura, remate de cabeza. Alguien con el que un niño podía identificarse fácilmente. Sus enconados duelos con el sevillista San José o con José Antonio Camacho, el maldito penalti fallado en la final de Copa del 77 ante el Betis o el histórico gol al Real Madrid que valió por toda una Liga por el goal-average final a favor de los bilbaínos dibujan la trayectoria de un futbolista icónico y al que ningún aficionado rojiblanco debería olvidar.
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Ya han pasado más de treinta años desde las últimas carreras de Dani, el mítico ‘7’ del Athletic, sobre el césped de San Mamés. Los que descubrimos el fútbol de su mano ya peinamos canas, criamos hijos y hemos dejado de idolatrar futbolistas porque ya no queremos parecernos a ellos. Por eso, de vez en cuando necesitamos hacer estos ejercicios de nostalgia, como particular homenaje a quienes nos hicieron soñar de niños. Para muchos, la figura de Dani será tan desconocida como la de cualquier futbolista semianónimo de mediados del siglo pasado. Pero el tercer máximo goleador de la historia del club vizcaíno, tras los míticos Zarra y Bata y pese a no haber jugado nunca como delantero centro, tiene un hueco indiscutible en la memoria de los que descubrimos el fútbol en aquella época de camisetas remangadas hasta el límite y calzones ceñidos a medio muslo. Eran los años en los que un tío de metro setenta pelado podía pelear balones aéreos con los más avezados y corpulentos centrales hasta convertirse en leyenda. Los años en los que tus vecinos ganaban ligas y podías encontrártelos paseando cómodamente por Rodríguez Arias. El fútbol era más humano, más cercano. Más terrenal y menos perfecto. Sus protagonistas, también.