Un 7 de leyenda

Si el defensa me daba un codazo, necesariamente debía de responderle con dos‘. Así era el carácter y la personalidad de Dani Ruiz Bazán, santo y seña del Athletic Club dominador de mediados de los años ochenta, emblema para toda una generación de aficionados rojiblancos. Un rectilíneo siete recortado en fieltro y cosido a mano en la espalda de una vieja y descolorida camiseta rojiblanca de algodón. Es mi primer recuerdo futbolístico cien por cien nítido y palpable. Poco después, se agolpan en mi memoria las imágenes de la gabarra, del doblete, de un alborozo colectivo que yo no alcanzaba a comprender muy bien. Eran años felices para el Athletic. Años de éxitos deportivos, de necesidad de reivindicar una muy concreta identidad social habitualmente lacerada durante aquella época. Bilbao entero era del Athletic. Muchos éramos de Dani, el capitán, el futbolista que los niños queríamos ser.
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Al punta de Sopuerta lo apodaban ‘el guerrillero’, por su carácter luchador y su facilidad para aprovecharse de las múltiples emboscadas que su gran inteligencia sobre el verde le ayudaba a disponer en las áreas rivales. No era tarea cómoda enfrentarse a él. Mi torpe e interesado recuerdo infantil lo dibuja como un futbolista de mucha presencia y continua batalla. Un jugador de raza y de marcado carácter y con una especialísima relación con el gol gracias a su oportunismo y a un excelso, pese a su escasa altura, remate de cabeza. Alguien con el que un niño podía identificarse fácilmente. Sus enconados duelos con el sevillista San José o con José Antonio Camacho, el maldito penalti fallado en la final de Copa del 77 ante el Betis o el histórico gol al Real Madrid que valió por toda una Liga por el goal-average final a favor de los bilbaínos dibujan la trayectoria de un futbolista icónico y al que ningún aficionado rojiblanco debería olvidar.
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Ya han pasado más de treinta años desde las últimas carreras de Dani, el mítico ‘7’ del Athletic, sobre el césped de San Mamés. Los que descubrimos el fútbol de su mano ya peinamos canas, criamos hijos y hemos dejado de idolatrar futbolistas porque ya no queremos parecernos a ellos. Por eso, de vez en cuando necesitamos hacer estos ejercicios de nostalgia, como particular homenaje a quienes nos hicieron soñar de niños. Para muchos, la figura de Dani será tan desconocida como la de cualquier futbolista semianónimo de mediados del siglo pasado. Pero el tercer máximo goleador de la historia del club vizcaíno, tras los míticos Zarra y Bata y pese a no haber jugado nunca como delantero centro, tiene un hueco indiscutible en la memoria de los que descubrimos el fútbol en aquella época de camisetas remangadas hasta el límite y calzones ceñidos a medio muslo. Eran los años en los que un tío de metro setenta pelado podía pelear balones aéreos con los más avezados y corpulentos centrales hasta convertirse en leyenda. Los años en los que tus vecinos ganaban ligas y podías encontrártelos paseando cómodamente por Rodríguez Arias. El fútbol era más humano, más cercano. Más terrenal y menos perfecto. Sus protagonistas, también.